Nunca olvidaré aquella noche en la cual perdí la cordura. Agosto desparramaba sus lluvias frías y penetrantes, dolientes como agujas que atraviesan la piel hasta congelar los huesos. De regreso a casa ella rasgaba mi mejor sweter aunque algo roído por el tiempo e impregnado de vetún para zapatos, herramienta impresindible para mi oficio.
 
Ya en mi insignificante e ínfima casa, me esperaba Ángel, lo único me hacía seguir besando los pies a la vida y no rebelarme a ella, desatando mi orgullo y unirme al bando de la muerte, era mi pequeño hermano, Ángel, quien me pedía en ese instante uno de mis dibujos en su cuadernito infantil. ¡Una gato! yo trazaba unas curvas para la cabeza y trazos rectos para los bigotes. Él lo miraba sonriente. ¡ Un sol! sé que deseaba tanto regresar a las calles inundadas de luz cálida y no de agua mezclada con desperdicios de ciudad. Tracé un sol para mi pequeño.
 
Acaricié su rostro pálido, sus cabellos rubios, y su frentecita ¡Fiebre! ¡No, otra vez no, por favor! La tos desgarraba su pequeño pecho y su piel de nieve hacían visible su enfermedad, para la cual no hay cura. ¡Una puerta! Con lágrimas en los ojos dibujé una puerta, el dibujo más real que he hecho en mi vida. Estiró su manita para alcanzar mi obra de arte, la tocó ¡Está cerrada!La puerta está cerrada, hermano. Le dije que estaba cerrada para que no entrara la lluvia. ¡Pero yo quiero salir! Tomó la manilla de la puerta, la abrió y escapó a través de ella...
 
Caminaba triste bajo la falsa luz de La Luna. Su cabello despeinado formaba ondas que danzaban al son de la nocturna brisa y sus ojos, que poseían un mirar algo triste, sostenían la imagen indeleble de la mujer que nunca logró amar y que aquella noche la había hecho suya. Miró fijo al cielo y en su mente giraba el recuerdo de su cuerpo inhalando la virginidad de la cual él no era digno.
 

 

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