CONOZCAN A MI AMIGO EL TROVADOR

18.01.2015 23:05

La señora M se mueve de allá para acá, de esquina a esquina, se acerca una muchacha, la loca le grita mil y una locura, locuras,locuras... ¿Quién dijo que eran locuras?, y sigue la señora vociferando garabatos al los oídos agenos y a la avergonzada muchacha la golpea en la nuca... ¿Quién dijo que eran locuras? Se aleja la joven y se pierde, sonrojada, al doblar la esquina.
Comienza la lluvia a caer y suena el trimbre que me avisa que todo esto para mi a acabado, me despido, en silencio desde mi ventana, de la señora M, pero no me ve, pues la policía la a descubierto desnuda tomando un baño en la pileta de la plaza.... ¿Quién dijo que eran locuras?
 
No sé si a ustedes les ha sucedido que hay ciertas pesonas que te llaman profundamente la atención, no por su físico esvelto, ni su ropa muy a la moda, ni por su rostro deslumbrantemente bello, sino que son personas que tienen en su voz o en su mirada un destello de paz, una sombra de misterio o una huella de ternura, un tinte de sabiduría que los años le han consagrado.
 
Hoy volví a ver a aquel personaje que me intriga, por su voz profunda, sus cantos folkloricos, siempre armonioso, llenando cada rincón con sus ecos imponentes. Hace mucho que no se aparecía ante mis ojos y mis oídos. Es un tipo de larga trenza negra y a ella pone fin un rizo juguetón, su barba mestiza (cana y ennegrecida) le otorgan un aire de sabiduría, como si conociera todos los dolores de la vida. Casi siempre lo vemos con un poncho marrón y sus pantalones desteñidos, sus zapatos de invierno, una camisa a cuadrillé. Tiene una frente muy amplia que denota una oscura mancha azul en la piel. Enmarcando sus ojos negros, unos anteojos oscuros y ovoides le brindan ese tono de adultez joven, de exquisitas e inimaginables historias de la vida.
 
Cuando sube a tocar a los buses, mi trovador lo hinunda todo con sus tonos nortinos, sureños, ritmos típicos chilenos. Su voz crispa los pelos de la nuca, es una bebida escalofriante, henchida de notas vestidas de eterna pasión. Y luego de sus tonadas, que escucho mientras contemplo la ciudad que desaparece para dar lugar al río y luego a los cerros, me ofrece su mano para pagar su trabajo (nada en esta vida es gratis), de la mía brota una cobriza moneda (la que no cubre ni la mitad de lo que su arte vale), de sus labios exhala un "gracias, muchachita" y yo devuelvo a su sonrisa, la mia feliz de darle, aunque sea un poquito, lo que me pertenecía.

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